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Vilafamés: un castillo, un Miró y muchos “culos rojos”

07 nov 2026 · 10:19

Vilafamés, a 25 kilómetros de Castellón de la Plana, es un pueblo que descubres en una de esas rutas sin rumbo por las carreteras castellonenses. Estampa típica, con el castillo arriba. Las casas debajo, apiladas en la ladera con esa lógica deliciosamente caótica que solo tienen los pueblos medievales entienden más allá del concepto de “cómo vivir en una pendiente sin caerse al vacío”. Quizás es por eso que Vilafamés lleva más de una década perteneciendo al club de los Pueblos más Bonitos de España, y teníamos que descubrir por qué.

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Leyenda de los “culos rojos”

Aparcado el coche, tomando la calle de la Font desde el aparcamiento, la primera parada que hacemos será en la plaza de la Font. Es pequeña, con una fuente que parece querer parapetarse en la muralla. Este punto nos permite delimitar desde abajo el conocido barrio musulmán del Quartijo. Las calles se estrechan, el trazado se vuelve irregular y las cuestas hacia el castillo desafían a la gravedad pero sin exceso. Esto es, sin que el paseo se convierta en funambulismo, como sucede con los pueblos del sur.

Pero nosotros vamos por el otro lado, por la calle de la Font hacia el castillo. A pocos metros de la plaza aparece en el flanco izquierdo de la calle uno de los emblemas de Vilafamés: la Roca Grossa. Cerca de 2.163 toneladas de rodeno encajadas en mitad de la calle, sin anclajes, sujetadas únicamente por su propio peso. Podría haber sido un titán el que la colocara allí en tiempos más paganos; y, de hecho, habría sido un caramelo para todo plumilla mitológico. Pero todo apunta a que se formó hace millones de años cuando probablemente el ser humano no era ni tan siquiera un proyecto del destino.

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Según cuentan los parroquianos, existe una leyenda que reza cómo algunos vecinos, cansados de que perturbara el tránsito, intentaron moverla atándole cuerdas. La cuerda cedió, cayeron todos sobre el barro y acabaron con las posaderas teñidas de ese color rojizo tan característico de la tierra de Vilafamés. Fue el nacimiento del seudogentilicio con el que se conoce a los habitantes de este pueblo: los “culroig”, en castellano de andar por casa los “culos rojos”.

Al llegar al final, hay que torcer por la calle Cervantes para hacer parada en la Oficina de Turismo, y recoger los tips necesarios para exprimir la escapada. Sobre todo para todas las actividades que se pueden hacer en el entorno natural de este increíble pueblo de la provincia de Castellón.

La obra de Joan Miró

Saliendo de la oficina, hay que tomar la calle Diputació Provincial en dirección al barrio del Quartijo. A pocos metros, se encuentra uno de los lugares imprescindibles de Vilafamés: el Museu d'Art Contemporani Vicente Aguilera Cerni, más conocido como MACVAC. No se ubica en un edificio cualquiera, ya que se ha instalado en el Palau del Batlle, un palacio del siglo XV que ejemplifica ese gótico valenciano que triunfaba en esta tierra a la par que lo hacía el Quattrocento en Italia, que no hacía mas que dislocar cabezas en la ciudad de Florencia.

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Desde el año 1972 es la sede del MACVAC, un proyecto que se remonta a 1968, cuando el crítico de arte valenciano Vicente Aguilera Cerni se dejó caer por Vilafamés para ver a un familiar. Al parecer fue idea suya levantar un Museo de Arte Contemporáneo y el consistorio no le hizo ascos. El museo abre en el Palau del Batlle en 1972 y desde entonces va alimentando su colección permanente con la ayuda casi exclusiva de donaciones y cesiones de los artistas. Cerca de 700 obras acumuladas con este método desinteresado, sin compra sistemática de fondos. Todo un logro.

La colección es un verdadero lujo, incluyendo piezas de Picasso, Chagall, Motherwell, Sempere, Tàpies, Robert Capa y Miró. Precisamente, en el año 1980, Joan Miró donó al museo, bajo el nombre de Golafre, una litografía con una dedicatoria manuscrita fechada el 26 de junio de ese año. Y Vilafamés murió de amor.

La entrada no es gratuita, cuesta tres euros, pero más que bien invertidos. Además, no es el único museo de arte contemporáneo del pueblo. A escasos metros se encuentra el Museo Berreby, la casa de un pintor de origen argelino que se tiró toda su vida viajando por el mundo y que, por cosas de la vida, decidió dejar su obra expuesta en el pueblo de Vilafamés al que le profesaba devoción. Y esta entrada sí es gratuita.

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Un castillo entre miradores

Bordeando el museo se alcanza la calle Iglesia, como en la mitad de la calle se encuentra la iglesia de la Asunción. Construida entre los siglos XVI y XVIII, es fiel a la arquitectura de la zona, mezclando gótico tardío, renacimiento y barroco en capas que descubren cómo en cada siglo se iba añadiendo un nivel más en su estructura. Su carácter es sobrio en el retablo mayor y en las capillas, con poco ornamento. Sin más.

Pero os daréis cuenta de que donde todo el mundo se detiene es en el exterior. Más concretamente en el mirador a los pies de la iglesia. El balcón de Vilafamés a La Plana de l'Arc se abre de par en par: viñedos, almendros, campos que parecen tocar las nubes en el horizonte... Aquí está la panorámica del viaje, el retrato perfecto de un paisaje que no deja indiferente absolutamente a nadie.

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Desde la iglesia, hay que seguir ejercitando aductores y cuádriceps, porque la calle sigue subiendo hasta la parte más alta del cerro, donde el castillo marca el final del recorrido. Las callejuelas del Quartijo, detienen su retorcimiento en la iglesia de la Sangre, ubicada frente al castillo. Se trata del primer templo cristiano levantado en el municipio tras la conquista del siglo XIII. Y se hizo aprovechando un aljibe islámico que terminó integrado en su arquitectura, como parte de la cripta. Su nombre no es que esté relacionado con ninguna práctica sangrienta de la Inquisición, no os vayáis a pensar. En realidad, en 1612, cuando el edificio pasa a manos de la Cofradía de la Purísima Sangre de Jesús, adoptó ese nombre por la veneración al Cristo de la Sangre. En su interior se pueden contemplar frescos barrocos de los hermanos Guilló.

El castillo es la parada final. Su origen es andalusí y se sabe que fue conquistado en 1233 por Jaime I, pasó por las órdenes militares de Montesa y San Juan y atravesó siglos de penurias y conflictos. La torre circular que se ve a primera vista es posterior, más concretamente del periodo carlista del siglo XIX. Conserva de su pasado islámico un discreto aljibe, que parece estar escondido junto a la base de la torre.

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Bonus track para curiosos

Bajando desde el castillo hacia la parte nueva del pueblo y tomando la calle Sant Antoni, antes de llegar al aparcamiento encontraréis la Silla Roja. Es la típica silla de pueblo de madera y mimbre, pero con ciertas peculiaridades. Mide cuatro metros de altura, es de color rojo intenso y mira al casco histórico desde una de las panorámicas más bonitas del pueblo.

En la oficina de turismo os darán información de la cantidad de abrigos y yacimientos arqueológicos que hay en los alrededores de Vilafamés. En la Cova de Dalt del Tossal de la Font, una extensa red de galerías kársticas de 2.282 metros junto al núcleo urbano, se recuperaron en los años 80 fósiles humanos pertenecientes a Homo neanderthalensis, que podrían tener entre 90.000 y 70.000 años de edad.

Ya en la ladera, una excursión muy bonita se puede hacer al Abric del Castell, uno de los conjuntos de pintura rupestre esquemática más importantes de la Comunidad Valenciana. Está declarado como Patrimonio Mundial por la Unesco desde el año 1998.

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Y para comer:

  • El Rullo: Se encuentra en la parte alta de la calle de la Font, y es un hotel rural con un restaurante de cocina de proximidad. La carta va directa al grano, porque aquí se viene a comer la Olleta de Vilafamés, un guiso de cuchara contundente con garbanzos, oreja y cardo que lleva generaciones siendo marca de la casa. También afamados por el tombet de cordero y el arroz al horno dentro de una calabaza, un plato muy de aquí que hay que encargar con antelación (Carrer la Font, 2).

  • La Vinya Tapes i Vins: Muy cerquita de la Roca Grossa, este restaurante quizás llama poco la atención pero os recomiendo meter la nariz allí. Es un local pequeño, donde la cocina se hace con mimo y dedicación. Mezcla producto local con técnica muy de ahora: gyozas rellenas de longaniza y morcilla caseras, canelones de rape con setas y gambas, panceta a baja temperatura con huevo poché... Carta corta pero con mucho sentido. Eso sí, si no reservas, estás perdido (Carrer la Font, 17).

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