Un viaje etnobotánico de camino al Castillo de Poyo
11 sept 2026 · 16:29
La ruta homologada SL-CV-176, que parte de la pintoresca aldea de El Collado hacia el Castillo del Poyo (Alpuente), guarda fascinantes secretos a lo largo de su recorrido. Más allá de adentrarnos en un pasado de batallas por el territorio y guiarnos hacia vestigios históricos que aún dominan desde lo alto del cerro, este sendero nos invita a descubrir un patrimonio vivo y fascinante: la etnobotánica.
Desde tiempos inmemoriales, el reino vegetal ha sido un aliado indispensable en nuestra vida cotidiana a través de ungüentos, infusiones y remedios naturales. A lo largo del camino, siguiendo las marcas blancas y verdes de esta ruta paralela al barranco, podemos identificar numerosas plantas tradicionales y conocer los saberes populares asociados a ellas.
Un paseo entre bosques de ribera y frutos de otoño
El recorrido comienza junto al lavadero de la aldea, donde la vegetación del bosque de ribera cobra protagonismo. Destacan los álamos negros y blancos, así como los sauces o sargas (Salix alba, Salix atrocinerea, Salix purpurea). En Alpuente, sus brotes más tiernos —los mimbres— se utilizaban para tejer cestas y enseres. Además, el sauce es famoso por contener ácido acetilsalicílico, el principio activo precursor de la aspirina.
Durante el otoño, el sendero se llena de color. Es fácil avistar el espino blanco o majuelo (Crategus monogyna), cuyos pequeños frutos rojos y carnosos recuerdan a manzanas en miniatura de sabor dulce. Sus flores blancas se empleaban antaño para calmar la ansiedad.
Entre las nogueras, encontramos nueces cargadas de taninos y nogalina —cuyo aceite se usaba para teñir y tratar quemaduras—, aunque conviene recordar que verdes resultan astringentes y tóxicas. También abunda el escaramujo o rosal silvestre (Rosa canina), muy rico en vitamina C y perfecto en infusión, además de flores como la achicoria, célebre por haber servido como sustituto del café en épocas de escasez.
Plantas aromáticas, medicinales y mágicas
A medida que ganamos altura, la ruta nos regala un mosaico aromático: romero, tomillos (Thymus spp.), espliego (Lavandula latifolia) e hisopo (Hyssopus officinalis). Junto a ellos conviven potentes medicinales digestivas y antiinflamatorias como el té de roca (Jasonia glutinosa), el poleo de monte y el rabo de gato (Sideritis spp.). Tampoco pasa desapercibido el enebro o miera (Juniperus oxycedrus), cuyo aceite denso y alquitranoso usaban los locales para "mierar" y proteger al ganado.
En el tramo medio aparecen especies envueltas en mitos y tradiciones populares: la ruda (Ruta angustifolia), que se colgaba en las puertas para ahuyentar el mal de ojo, y el hipérico o hierba de San Juan, conocido por sus virtudes cicatrizantes y antidepresivas. Si la visita coincide con la primavera, los herbazales húmedos se engalanan con bellas orquídeas del género Ophrys.
El tramo final hacia la cumbre
A medida que nos aproximamos al castillo, el paisaje se transforma con masas de pinos, carrascas (Quercus ilex), sabinas, endrinos y coscojas. Finalmente, en lo más alto del castillo y protegidos entre la roca, crecen pequeños helechos rupícolas como el culantrillo (Asplenium trichomanes) o la doradilla (Ceterach officinarum), auténticos descendientes de la era jurásica.
Recorrer la SL-CV-176 es conectar con la historia, el paisaje y la sabiduría popular. Eso sí, si te animas a explorar sus plantas: disfrútalas con la vista y recuerda que en la botánica tradicional, la prudencia con las dosis siempre es la clave. ¡Buen viaje!


