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Un cómic mariano del siglo XIV en El Collado. El Retablo de la Virgen.

24 ago 2026 · 10:05

En lo más alto de La Serranía, en la tranquila penumbra de la iglesia de El Collado, el tiempo parece haberse detenido para custodiar un milagro de madera y pan de oro. Allí, desvelando su luz ante quien camina sin prisa, reposa el retablo gótico de la Virgen María, una obra monumental concebida hacia el año 1400 para presidir el altar mayor de la iglesia arciprestal de Alpuente. A esta apacible pedanía llegó en el siglo XIX, desplazado tras las reformas neoclásicas y las heridas de las guerras carlistas en la villa matriz. Es, en sí mismo, un prodigioso superviviente de la historia: resistió expolios, desusos y un incierto peregrinaje que durante la Guerra Civil llevó sus tablas hasta el castillo de Figueres y Barcelona en 1939, antes de regresar en silencio a El Collado y ser restituido en su esplendor definitivo a finales del siglo XX.

Entre sus calles doradas – así se definen las diferentes secciones de un retablo - se esconde el misterio de dos mundos pictóricos. Mientras el cuerpo principal (dedicado al gozo mariano y a los evangelistas) responde a la tradición italgótica del entorno del Maestro de Villahermosa, la predela de la Pasión revela el trazo vibrante y la elegancia del florentino Gherardo Starnina. Este conjunto constituye una pieza clave de transición entre el Trecento y el gótico internacional, siendo además el único testimonio directo del arte de Starnina que se conserva en toda la geografía valenciana.

Los secretos de su ejecución material parecen rescatados de las páginas del célebre Il libro dell'arte de Cennino Cennini. La fotografía infrarroja ha sacado a la luz la intimidad del taller toscano: el refinado trazo a tinta sobre el yeso, el uso del verdaccio verde para matizar las sombras de las carnaciones y una paleta noble rica en lapislázuli, azurita y oropimente. Pero el hallazgo más conmovedor aguarda escondido bajo la pintura del Camino al Calvario: la visión multiespectral descubrió nueve anotaciones subyacentes con iniciales en italiano , como la l de lacca, término toscano ajeno al carmini valenciano, con las que el maestro guiaba a sus ayudantes sobre qué pigmento aplicar en cada manto.

Aunque el viento de los siglos dispersó parte de su cuerpo original hasta museos de Zaragoza o colecciones lejanas en Filadelfia, las tablas de la Flagelación, el Calvario, la Lamentación y el Santo Entierro que aún laten en El Collado mantienen intacta su emoción. El gesto contenido de María Magdalena y la serenidad de los rostros convierten a este altar en una joya detenida en el tiempo, donde la sofisticación de Florencia y la fe tranquila de las montañas de Alpuente se funden para siempre en un abrazo de arte y memoria.