Por caminos y aldeas. Corcolilla y El Collado
21 ago 2026 · 08:23
Alpuente es tierra de descubrimientos. La geografía física y humana de su amplio término municipal, mosaico de aldeas y lugares, tiene reservada al visitante una pequeña revelación en cada cerro, en cada valle, en cada camino que se siga. Memoria y paisaje son una sola cosa en La Serranía y el tiempo, aparentemente detenido, se respira al ritmo pautado que marcan las gentes de los caseríos.
Desde la población matriz solo hay que seguir la tranquila carretera (CV-354 o CV-350), antiquísimo trazado del que antaño fue Camino Real. Te lleva por el suave valle mientras se asciende desde los 970 m de Alpuente hasta los casi 1300 de La Torre y a lo largo del camino, desvela poco a poco alguna de estas pedanías. Desde fuera parece que no tienen mucha actividad, pero al entrar te las encuentras vivas, con su gente en la calle, tomando el fresco o yendo y viniendo con el trajín de diario, transformando lo cotidiano en arte de vivir.
Corcolilla y El Collado son dos de ellas, perlas del territorio que ofrecen sus contornos para tomarlos con gusto y cierto reposo. Forman parte de la malla de pueblos que han hecho de la arquitectura de piedra en seco identidad común y de los barrancos que se abren desde las sierras del Sabinar y Javalambre, un tapiz de milagrosos cultivos. Entre una y otra hay dos más: El Hontanar y La Almeza. Se atraviesa el valle de campos de secano donde el cereal, el almendro y el olivo son los grandes señores del territorio. El trayecto se recorre sin prisas y, si se prefiere caminar por las veredas que han unido siempre las aldeas, mejor hacerlo con pausas.
A la solana del cerro del mismo nombre, Corcolilla es puro aire medieval. En sus calles, en sus casas y en ese horno moruno de fachada blanquísima donde se puede comer la historia en un trozo de pan de bolla. San Bernabé Apóstol es el titular del templo católico que hizo del caserío, parroquia, y de la fe, comunidad. El edificio es, en sí mismo, un traductor del tiempo reflejado en la mampostería de sus muros, desde el gótico del XIV al barroquismo del XVIII. Pero también el bello cofre que atesora las devociones entre rica azulejería valenciana y cúpulas de original diseño. Una, la de los los agricultores Santos de la Piedra, San Abdón y San Senén, protectores de cosechas y por extensión de vidas. Otra, la de la Santísima Virgen de la Consolación, que tiene en una bella talla gótica el centro de su veneración.
Por el Camino del Hontanar se alcanza esta pedanía nacida entre los barrancos Rubio y Hondo. Saludan al paso fuentes y rosales, balcones y el lavadero, limpio como el agua que conserva en sus piletas. De aquí parte el Camino del Collado, que deja a poniente el Cerro del Poyo con el castillo y el Puntal de los Romeros antes de alcanzar esta aldea a casi 1200 metros sobre el nivel del mar, limítrofe con Teruel. De nuevo fuentes y lavaderos nos hablan de lugares comunes de mujeres, de conversaciones, de risas, de canciones para aliviar el trabajo doméstico, de confidencias. La de la Teja, de Tollo, del Barrio Alto. En los alrededores: la del Conejo, la del Cebrillo o Fuente Roya, muy cerca del Barranco del Agua Buena. También su Iglesia, dedicada al Santo Arcángel Miguel, es museo de valioso arte con el retablo de la Virgen María atribuido al obrador del florentino Gherardo di Jacopo Starnina, pieza de transición entre el trecento y el gótico internacional, clave en la formación de la incipiente escuela valenciana. Se instaló en El Collado procedente de Alpuente a raíz de las obras de ampliación realizadas en su Iglesia Arciprestal a finales del siglo XVIII que transformaron la cabecera del templo dejando fuera del espacio reformado esta obra de grandes dimensiones. Una pieza de arte superviviente de expolios e inexplicables periplos en estos últimos 200 años, que dejaron una parte de sus tablas en el Museo de Zaragoza, otras en colecciones privadas y otra regresó a El Collado, donde permaneció invisible y anónima hasta su recuperación ya en este siglo.
Cualquiera de las aldeas, sin embargo, debe recorrerse con calma. Sólo hay que continuar por los caminos y esperar con atención cual será el próximo encuentro.


