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Los secretos de Nuestra Señora de la Piedad

10 ago 2026 · 08:16

Más que uno de los perfiles más destacados de la línea del cielo de Alpuente, la Iglesia de Nuestra Señora de la Piedad es una parte de este mismo cielo... pero en la tierra. Es el alma de la Villa. El registro de sus cambios en el tiempo. La voz que despierta su identidad con cada toque de campana. Un espacio sagrado construido sobre lo que en su momento fue también una sagrada mezquita. Un templo que se yergue en el alto de la población con la autoridad que dan los siglos y el territorio de aquella frontera que hubo entre los reinos de Aragón y de Castilla.

Su construcción, iniciada en el segundo tercio del siglo XIII durante las primeras etapas de colonización cristiana, se fue desarrollando en el XIV de forma paralela a la configuración administrativa Real de la Villa. Alarifes y maestros de traza apuraron en sus muros los últimos aires del románico y fueron incorporando elementos de la novedosa estética del gótico que en tierras valencianas alcanzó su propia denominación de origen mediterránea. Los arcos de la puerta de entrada se apuntan hacia arriba buscando la Gloria, el medio punto se estiliza de la mano de la luz en los vanos de la torre y el campanario...

Bueno, la torre del campanario, faro sonoro de la comarca de La Serranía, es un espejo en la distancia del gran Micalet de Valencia. Se sitúa a un lado del edificio, característico por su planta octogonal y la concordancia en las medidas de su perímetro y su altura. En la base, construida con grandes sillares de piedra, aún se pueden descubrir las marcas o firmas que dejaron los canteros medievales al trabajarlas, porque la torre, en sí misma, ya es como un pequeño milagro de la historia, superviviente de piedra a incendios y artillería de guerras y conflictos. Y están las campanas. Las grandes y las pequeñas, con su voz y ese lenguaje que recorre valles y barrancos. Todo un espectáculo sonoro ver bailar en el aire a la Mater Purísima y a la extraordinaria Nuestra Señora de la Piedad fundidas en 1865 por el Maestro valenciano Manuel Quiles según detalla Francesc Llop (2007) para la Associació de Campaners.

El exterior del templo es deleite y estímulo para los sentidos y el interior... el interior es fe, es el misterio de lo inmaterial, el sentido de la existencia humana. Al cruzar el umbral porticado una única nave se abre al recogimiento y a la paz de los espíritus desde el clasicismo remozado del siglo XIX, salto artístico de varios siglos que nos sitúa en la primera de aquella guerra civil carlista y en un incendio terrible que hacia 1840 destruyó por completo los techos y altares de la Iglesia original. Producto de su reconstrucción es la gran bóveda redondeada que vemos hoy en día, aunque su esencia medieval permanece como testigo del tiempo y escondidas tras el altar mayor todavía se conservan piedras ennegrecidas por el humo de aquel fuego y arcos antiguos que muestran cómo era la iglesia primitiva. Son estos solo una parte de los muchos secretos que atesora la Iglesia Arciprestal de Nuestra Señora de la Piedad, declarada Bien de Relevancia Local por La Generalitat Valenciana. Relevante es el edificio, con sus valiosas piezas de arte, aunque algunas se encuentran ahora en otros lugares. Y relevante es su significado para alpontinas y alpontinos que, más allá de la fe, lo han convertido en símbolo de su propia identidad.