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Fuego, Asedios y Cenizas: La Primera Guerra Carlista en Alpuente (1833-1840)

19 sept 2026 · 11:35

A mediados del siglo XIX, España se vio sacudida por un conflicto fratricida que trascendió la mera disputa por la corona. La Primera Guerra Carlista (1833-1840) no fue una simple lucha de sucesión entre los partidarios de la joven Isabel II y los de su tío, el infante Carlos VII; representó el choque frontal entre dos modelos de sociedad: el absolutismo tradicional frente al liberalismo emergente.

En este escenario de tensión nacional, la comarca valenciana de La Serranía y, muy especialmente, la villa de Alpuente, acabaron convertidas en baluartes estratégicos de cruentas operaciones militares que marcarían a fuego el destino de sus habitantes.

De la ocupación militar al dramático sitio de 1840

Los primeros compases del conflicto en la zona se vivieron en 1835, cuando Alpuente fue ocupado militarmente por las tropas mandadas por el general carlista Ramón Cabrera. Sin embargo, esta primera incursión fue efímera y los carlistas debieron abandonar la población tras sufrir una contundente derrota en la vecina localidad de La Yesa.

A medida que el conflicto del Norte tocaba a su fin, la resistencia carlista en el Levante se reagrupó en pequeños pero irreductibles focos bélicos. Capitaneados por figuras legendarias como el propio Cabrera, Padillos, Arnau, el guerrillero Botas y el militar Arévalo, estos contingentes optaron por mantener la lucha a toda costa. Arévalo se hizo fuerte en el punto más inexpugnable del municipio: la mole defensiva del Castillo y la Iglesia de Alpuente.

La política de la tierra quemada y la división social

Con el paso de los meses, las tropas liberales avanzaban con firmeza en la provincia de Valencia, reduciendo el margen de maniobra de sus opuestos. En este ambiente de desesperación, la violencia se recrudeció:

  • Tácticas despiadadas: Guerrilleros carlistas como Botas recurrieron a represalias, robos y fusilamientos sistemáticos contra la población sospechosa de simpatizar con el enemigo.

  • Tierra quemada: Con la intención de entorpecer el avance liberal y privar al adversario de cobijo, el mando carlista de Arévalo ordenó la demolición e incendio de masías, iglesias y edificaciones fortificables en La Yesa, Arcos de las Salinas y en casi la totalidad de las aldeas de Alpuente.

  • Guerra de simpatías: Paradójicamente, mientras los carlistas sembraban la destrucción a su paso, las tropas liberales supieron fraternizar con los vecinos locales, ganándose su apoyo estratégico y moral.

24 de abril de 1840: Comienza el sitio

El general liberal Azpiroz recibe la orden oficial de emprender el sitio definitivo sobre el baluarte carlista de Alpuente.

28 de abril de 1840: Fuego en la iglesia

Bajo la cobertura de la noche, los carlistas abandonan la iglesia parroquial, le prenden fuego para destruirla y se repliegan en el recinto superior del Castillo.

30 de abril de 1840: La mina de los paisanos

Los ingenieros militares declaran imposible minar la roca, pero los propios paisanos locales se ofrecen para excavar una mina bajo la Torre del Homenaje. Pese a abrirse brecha, la intimación de rendición es rechazada.

2 de mayo de 1840: Toma del castillo

A las 11:00 de la mañana, tras reventar una segunda mina y superar una encarnizada resistencia, la bandera liberal ondea en el castillo conquistado.

El asedio alcanzó su punto culminante a finales de abril de 1840. Tras atrincherarse en el castillo y quemar la iglesia, las fuerzas carlistas resistieron los embates del ejército liberal y de los propios vecinos de Alpuente, quienes trabajaron codo a codo con las tropas invasoras para excavar minas bajo la mismísima Torre del Homenaje. Aunque la guarnición carlista reparaba de noche los destrozos causados durante el día, a las 11:00 de la mañana del 2 de mayo de 1840 la bandera liberal ondeó victoriosa sobre la fortaleza.

Las secuelas de la guerra y la difícil reconstrucción

La victoria en Alpuente representó un logro táctico de inmenso valor estratégico para el bando liberal, pero el coste humano y material fue devastador. La villa y sus aldeas circundantes quedaron sumidas en la más absoluta miseria, víctimas de años de incendios y devastaciones promovidas por la táctica de la tierra quemada.

El fin de la contienda no trajo una prosperidad inmediata, sino el inicio de un largo y costoso proceso de reconstrucción social y patrimonio arquitectónico. La huella de aquel periodo quedaría grabada para siempre en la memoria colectiva del municipio.